Reproducimos un artículo de la página web farc-ep.info, manejada por la agrupación liderada por Iván Márquez y Jesús Santrich:

Después de la traición aleve que plagó de mentiras y trampas el Acuerdo de Paz al que pusimos tanto empeño, el camino que nos ha impuesto el Bloque de Poder Dominante, muy a nuestro pesar, no es otro que el de regresar a las armas.

Es ser incauto ir en contra de la realidad, más cuando la historia tarde que temprano nos muestra con hechos verificados, en miles de páginas documentadas y con cifras, lo que muchas veces se nos desdibuja o distorsiona a través de campañas mediáticas que crean una cultura dominante, hegemónica, para secuestrar las conciencias del común y desarmarnos en ideas y propósitos.

Basta releer con atención las páginas del pasado para darnos cuenta del tipo de orden social con el que nos han sometido. Si nos remontamos a aquel año 1.810 en que el Libertador decidió empuñar su espada contra el imperio español, que desde 1492 se había apoderado de los territorios de nuestros ancestros, lo que observamos son las prácticas más salvajes y crueles para despojarlos de su tranquilidad, de sus riquezas y de su cultura, negándoles incluso su identidad y su propia condición humana. Lo que se produjo no fue el encuentro de dos civilizaciones, como se ha querido presentar en el relato de “los vencedores” y los desalmados oportunistas herederos de sus privilegios.

Desde los períodos de conquista y colonización y luego de traicionados los sueños emancipadores del proceso independentista en Nuestra América, la creación de la República, con la muerte temprana del Libertador y el desprecio de su legado en cabeza de las aristocracias que solo querían expulsar a los ibéricos pero para remplazarlos en sus abusos, lo que se erigió fue una nueva élite política, cuyo mentor, para el caso de la Nueva Granada, fue el nefasto Santander; precursor de las políticas antidemocráticas, antipopulares y apátridas de los pudientes, que tiraron por la borda los compromisos de redención social con los indígenas, las negritudes, las pobrerías mestizas y hasta los de la incipiente clase mercantil.

Pero aquello no se quedó en los anales del siglo XIX, porque en plena época contemporánea tal dinámica de sojuzgamiento y depredación se mantiene contra las organizaciones sociales, contra partidos que no son los de los oligarcas, contra los obreros, contra los estudiantes y hasta contra otros Estados que de una u otra forma pretenden quitarse de encima el lastre de la sumisión a las potencias extranjeras.

Después de dos siglos de vicisitudes esa “cultura”, esa “ética” y esa “moral” santanderistas aviesas persisten empotradas en el seno de quienes desde entonces detentan el poder, enquistados en sectores de la iglesia, de las fuerzas armadas, de empresarios y adefesios políticos como el uribismo, entre otros componentes que parecen no haber aprendido nada diferente a actuar en defensa de los intereses de sus amos imperiales, de sus propios intereses particulares y en todo caso en detrimento de la gente más humilde o de aquella que siente respeto por el suelo que les dio la vida. Por eso no es extraordinario que la lucha de clases en nuestra tierra comunera haya estado tan teñida de maldad, y de sangre de los que poco o nada tienen que son los más, y que dentro de ese escenario todos los intentos de reconciliación fundados en la justicia social, tal como ahora ocurre con el Acuerdo de La Habana, los hayan hecho pedazos.

Varios han sido los intentos por llegar a la paz por la vía del diálogo, pero la estela del fracaso los cubre a todos: por ejemplo, La Uribe en 1984, Caracas y Tlaxcala en los 90 y el Caguán en el tránsito de siglo, por mencionar los más trascendentales ocurridos con la insurgencia de las FARC-EP. La respuesta a esa voluntad de paz de la insurgencia, ha sido la ejecución de masacres, la persecución política y judicial, el despojo de tierras, el incremento de la corrupción, de las mafias, del paramilitarismo…; y la entrega descarada de nuestras riquezas y nuestra soberanía a las trasnacionales del capital.

Quienes se han atrevido a enfrentar a los rufianes que nos gobiernan, como a Bolívar Libertador, por levantarse contra el despotismo y la tiranía, les ha correspondido sufrir la maldad e inquina de detractores a los que parece solo saciarlos el aniquilamiento moral y físico de quienes les adversan generalmente solo con la fuerza de sus principios altruistas en defensa de la libertad y el decoro.

En ese trasegar, colmados están los caminos de desventuras y lutos, de batallas perdidas y sueños malogrados, pero nunca han podido rendir las banderas de la esperanza ni la determinación de lucha que más de una vez han emergido con mayores bríos desde las cenizas, tal como se aprendió del ejemplo de vida del Hombre de las Dificultades, de ese Bolívar que era “más temible vencido que vencedor”; de aquel Simón de la Santísima Trinidad que en los campos del honor logró juntar voluntades diversas para combatir la tiranía.

Con tanta historia por contar, con tantos hechos que han enriquecido la historia de Colombia, con tantos sueños inconclusos, con tanta sangre derramada, hombres y mujeres caídos con heroicidad y gloria, cuerpos insepultos, reveses y alegrías…; realidades agrestes, ayer y ahora, el futuro de la patria sigue por definirse, porque la obra emancipadora de los libertadores de todos los tiempos sigue inconclusa.

Desde lo más profundo del alma y con el convencimiento que dan la razón y las armas de los de abajo, digo que el decoro y la determinación nos otorgarán la fortaleza para avanzar en la búsqueda de la verdadera paz que le brinde posibilidades ciertas a la realización del buen vivir. Levantamos, entonces, la voz para convocar a la continuación de la lucha por la Nueva Colombia, por el nuevo orden social, jurídico, político, económico y cultural por el que clama el país de los oprimidos y de los indignados.

No podemos negar que cometimos el pecado capital de confiar en la “buena fe” y en la palabra de quienes nunca han tenido en sus discursos, promesas y acciones, el compromiso de la verdad y del amor al prójimo. Nos dejamos también embaucar por sectores pusilánimes, que se convencieron de que la lucha guerrillera ya no tenía vigencia, y que la paz llegaría si entregábamos las armas porque en adelante todo sería un oasis de entendimiento, de prosperidad y concordia. Más falsas no podían ser estas promesas, tan falsas como la torre de Babel que nunca existió.

La paz que nos entregaron en breve tiempo fue la de la estigmatización, la de la humillación, la de la segregación política, la de la inseguridad jurídica y personal, la de la ausencia de garantías de todo tipo, la de más de 150 camaradas asesinados y medio millar de dirigentes comunitarios también liquidados. La paz que nos recuerda los viles asesinatos del líder liberal Jorge Eliecer Gaitán, del líder guerrillero Guadalupe Salcedo, de los estudiantes en la Plaza de Bolívar en 1.957 bajo el régimen de Rojas Pinilla. La paz que nos recuerda el exterminio de la Unión Patriótica, de defensores de derechos humanos, reclamantes de tierras, y líderes y lideresas sociales.

No más engaños, no más falacias y baratijas verbales que en nada resuelven las necesidades de la gente de a pie. Regresaremos a las montañas, a aquellos hermosos parajes de la resistencia en los que nos mueve el convencimiento que vale más morir de pie que vivir arrodillados. Volvemos a nuestras trincheras de ideas y de fuego, a reconstruir los campamentos de la dignidad, las escuelas de formación, los huertos de la utopía. Regresamos a las montañas chocoanas, a las montañas del Valle, Cauca, Nariño, Tolima, Caquetá, Putumayo, Guaviare…; a las extensas sabanas orientales y del Caribe. Toda la geografía patria y la conciencia ciudadana serán el campo de batalla con la pujanza del movimiento real de masas. A todos aquellos jóvenes, hombres y mujeres que ya están en la marcha clandestina urbana y con sus armas en la mano, en las diferentes regiones del país, que fueron y siguen siendo obligados a tomar nuevamente el camino de la rebelión para defender la vida, la dignidad y la patria, nuestro saludo marulandista y bolivariano con el juramento de entregarlo todo por la causa de la revolución.

Con en el acierto del Libertador, sabemos que “la unidad nos dará la libertad, y las armas nos darán la gloria”. Todos bajo unos mismos principios, todos bajo una misma disciplina, marcharemos hacia el objetivo final. El Estado colombiano y sus elites oligarcas, conocerán una nueva operatividad, una nueva táctica, una nueva estrategia, en lo político, en lo militar y en lo cultural, poniendo como epicentro de nuestra fortaleza la confianza en la potencia transformadora del pueblo llano, del pueblo que solo tiene sus cadenas para perder. Con su voz y con sus sueños, no tenemos otro camino que el de la victoria.

¡Hemos jurado vencer y venceremos!

Fraternalmente,

WALTER MENDOZA

Fuente:

Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo

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