25 | 08 | 2019

Ucrania estaba harta de Poroshenko. En las elecciones presidenciales se ha consumado la derrota de los golpistas del Maidán, aunque Zelenski, el nuevo presidente, no represente una fundada esperanza para un cambio de rumbo en el país: mantiene buenas relaciones con algunos de los protagonistas del golpe de 2014 y ha llegado a calificar a Stepán Bandera (el nacionalista ucraniano que colaboró con los nazis durante la Segunda Guerra Mundial combatiendo al Ejército Rojo) de “defensor de la libertad de Ucrania”. Aunque durante la campaña electoral, Zelenski mostró su disposición para negociar con Moscú, en la víspera de las elecciones señaló a Rusia como enemigo y se puso bajo el paraguas de la “protección occidental” (sobre todo de Estados Unidos y Gran Bretaña) en el supuesto de una apertura de negociaciones con Putin. Sin embargo, la evidencia de que la subordinación a Estados Unidos no ha resuelto ninguno de los problemas del país, puede abrir una oportunidad para un limitado cambio de la retórica antirrusa que mantuvo Ucrania bajo Poroshenko.

Zelenski tampoco se ha mostrado dispuesto a cumplir los acuerdos de Minsk, ni a promulgar la amnistía para los combatientes, por lo que es poco probable que cambie la situación de la guerra en el Donbás: Estados Unidos está interesado en mantenerla, consciente de los problemas estratégicos que causa a Rusia. Y con relación a la OTAN, Zelenski es partidario de convocar un referéndum, abriendo la puerta a la incorporación de Ucrania. Antes del golpe de Estado del Maidán, Kiev había asumido un papel neutral en la escena internacional. Zelenski se verá también inevitablemente afectado por la relación con Rusia: la entrada en funcionamiento del gasoducto Nord Stream 2 y del Turkish Stream harán disminuir los ingresos del país, agravando la situación económica.

El empobrecimiento de Ucrania, que ha pasado de tener la potente industria soviética a padecer el desmantelamiento de buena parte de la estructura productiva; el alza de los precios del gas y de la electricidad, que afectan duramente a la población, prisionera de los bajos salarios; y la rampante corrupción, precisan medidas urgentes. Pero con el nuevo presidente, no cambiarán las características del gobierno, controlado por la oligarquía, aunque los diferentes grupos que la componen verán alteradas sus relaciones de fuerza. Detrás de Zelenski está el empresario multimillonario Ihor Kolomoiski (uno de los hombres más ricos del país, junto a Rinat Ajmetov y Viktor Pinchuk) enriquecido con el robo de la propiedad soviética, propietario de varios canales de televisión (en uno de los cuales se ofrecía la comedia donde Zelenski obtuvo su popularidad entre la población) y de Privat, un ejército privado que ha actuado en el este del país recurriendo a métodos mafiosos y terroristas; Kolomoiski es también el financiador del batallón fascista Azov, y vive en Suiza tras su ruptura con Poroshenko en 2015. Las propiedades de Kolomoiski en Crimea, tras su incorporación a Rusia, fueron nacionalizadas, y Putin calificó al multimillonario como un ladrón, por lo que su animadversión a Moscú es manifiesta.

Los principales problemas de Ucrania son la desesperada situación económica, la deuda, un presupuesto público que consume en el ejército y en la guerra en el Donbás; el pago de las míseras pensiones, la persecución política a la izquierda y la impunidad de las bandas nazis y fascistas, y el agresivo nacionalismo que ha ensangrentado el país; además de la mala relación con Rusia, impuesta tras el golpe de Estado del Maidán, de la monstruosa corrupción y la desindustrialización del país, junto a la subordinación a Estados Unidos y la amenaza de incorporación a la OTAN, que crearía serios problemas al conjunto de Europa al consolidar el acoso occidental a Rusia en sus fronteras y en el Mar Negro. Los votantes de Zelenski esperan que termine con la guerra en el Donbás, pero eso dependerá sobre todo de los equilibrios internos entre los grupos oligárquicos, y de la actitud de Washington.

La quebrada economía del país, enfangada en la corrupción; la falta de investigaciones sobre la matanza de Odessa o sobre los frecuentes asesinatos en muchas regiones, no pueden esperar, aunque Zelenski va a tener que hacerlo. La actividad de las bandas nazis, como el batallón Azov y el grupo paramilitar C-14 (que organiza frecuentes ataques y asesinatos contra comunistas y gitanos), dependerá de la continuidad del ministro del Interior, Arsén Borísovich Avákov, quien los ha protegido en los últimos años; y el inexperto Zelenski tendrá que gobernar los frecuentes cambios de partido y el transfuguismo oportunista de muchos diputados y dirigentes políticos, que es una de las consecuencias de la extrema corrupción en el país, donde las fidelidades cambian con frecuencia. Como muestra, el papel de Yuriy Lutsenko, uno de los organizadores del golpe del Maidán de 2014, ministro con Yulia Timoshenko y actual fiscal general con Poroshenko, de quien piden su inmediata salida.

El Partido Comunista de España, que no espera cambios significativos con Zelenski, celebra la derrota de Poroshenko, y expresa su firme solidaridad con el Partido Comunista de Ucrania, cuyo secretario general, Petró Simonenko, no pudo presentarse a las elecciones presidenciales por la prohibición del gobierno de Poroshenko. El Partido Comunista de España hace votos para que sus camaradas ucranianos, víctimas de la persecución, se fortalezcan para hacer frente a la desindustrialización, a la ruptura de los lazos económicos y del espacio común con Rusia y otras antiguas repúblicas soviéticas, a los constantes atropellos a la libertad, a la impunidad de las bandas nazis y a la extrema corrupción capitalista, y a la subordinación al imperialismo norteamericano, cuestiones que no se resolverán mientras no termine la degradación política y social a la que el nacionalismo y el fascismo, aliados en el Maidán con la protección de Washington, condenaron a Ucrania.

Fuente:

PCE – Partido Comunista de España

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