Jueves, 19. Abril 2018

Señoras y señores,

Colegas:

Hoy en día, cuando las relaciones internacionales atraviesan una época de cambios radicales echando por tierra definitivamente la tesis del "fin de la historia", debemos recordar lo que sucedió en un pasado no tan remoto. Como dijo el gran historiador ruso Vasili Kliuchevski, la historia "castiga la ignorancia de sus lecciones".

Hace 80 años, en el año 1938, aquí en Múnich se pactó la desmembración de Checoslovaquia, lo que supuso un preludio de la Segunda Guerra Mundial. Posteriormente, en el proceso de Nuremberg, los líderes del Tercer Reich acusados de intentar justificar el pacto de Múnich declararon que su objetivo era "expulsar a Rusia de Europa", como dijo, en particular, el mariscal de campo Wilhelm Keitel.

La tragedia de Múnich reflejó todos los puntos débiles de aquella época, incluyendo la soberbia de creerse superior, la desunión y la desconfianza mutua, la apuesta por crear "cordones sanitarios" y zonas tampón y la injerencia descarada en los asuntos internos de otros países. Estos recuerdos se vuelven especialmente alarmantes si son proyectados sobre las realidades de hoy, sobre los intentos deshonestos de tergiversar la verdad histórica de la Segunda Guerra Mundial y los acontecimientos que le precedieron, de rehabilitar a los nazis y sus cómplices. En algunos países de la Unión Europea se pone el signo igual legislativo entre éstos y los libertadores de Europa, se derriban monumentos a los vencedores del nazismo.

Podría parecer que las lecciones de la Segunda Guerra Mundial y la posterior escisión del continente durante la época de la confrontación bipolar debieran haber convencido para siempre a las naciones europeas de que una Europa unida, sin dividir a sus habitantes entre los "nuestros" y los "otros", no tiene alternativas. El propio proyecto de integración europea tiene sus raíces en el deseo de los padres fundadores de la Unión Europea de evitar la recaída en la lógica de la confrontación que más de una vez ha desencadenado catástrofes en el continente.

Durante muchos años tras la caída del Muro de Berlín y la reunificación de Alemania, en la que Rusia tuvo un papel decisivo, nos esforzamos al máximo para construir en la región euroatlántica una arquitectura de seguridad igual e indivisible, accediendo a una reducción significativa de nuestro potencial militar en las fronteras occidentales, defendiendo constantemente el fortalecimiento de las instituciones paneuropeas, en primer lugar la OSCE, y la coordinación de los convenios y regímenes legales en materia de seguridad europea.

Desafortunadamente, nuestros llamamientos a un diálogo igualitario y a la puesta en práctica del principio de indivisibilidad de la seguridad fueron desoídos.

A pesar de las promesas que se nos hicieron a finales de los 90 del siglo pasado –un hecho que fue confirmado una vez más recientemente gracias a la publicación de documentos del Archivo Nacional de EEUU–, la OTAN está avanzando hacia el este. En las fronteras rusas aumentan los grupos de combate y se despliega la infraestructura militar de la Alianza. Se está habilitando sistemáticamente el teatro europeo de operaciones militares. En Europa se pone en práctica el plan de crear el escudo antimisiles estadounidense que socava la estabilidad estratégica. Se lleva a cabo una campaña deliberada de propaganda que inculca a la opinión pública occidental una actitud hostil hacia Rusia. Entre las élites de muchos países se ha implantado una especie de regla nueva de lo políticamente correcto que consiste en hablar "mal o nada" sobre nuestro país.

Cuando en Occidente se aborda la creciente influencia de Rusia, esto se interpreta, la mayoría de las veces, en clave negativa, un enfoque que tampoco lograron evitar los autores del informe redactado de cara a esta conferencia. Cabe recordar que mientras nuestro país estuvo debilitado atravesando el período de duras pruebas históricas, se nos aseguró desde todas partes que hay interés en una "Rusia fuerte", que unas u otras acciones de países extrarregionales en la vecindad rusa no van en contra de nuestros intereses. Se nos hicieron las correspondientes promesas respecto del proyecto de la UE Asociación Oriental. Esperamos que éstas se cumplan y que Bruselas ataje los intentos de conducir este proyecto a un cauce rusófobo. Es extremadamente peligroso enfocar la situación en Europa desde la óptica de un "juego de suma cero".

Uno de los resultados que tenemos ante nosotros es el conflicto interno que azota a Ucrania, un país que, por cierto, fue puesto en su momento, en el contexto de la preparación del acuerdo de asociación con la Unión Europea, ante el falso dilema en forma de ultimátum de elegir entre Occidente y Rusia. Es lamentable que la Unión Europea, que posteriormente actuó como garante del acuerdo del 21 de febrero de 2014 entre el Gobierno de Ucrania y la oposición, fuera incapaz de insistir en su cumplimiento y respaldara de hecho el golpe de Estado anticonstitucional. Hoy en día ese país con un enorme potencial vital y un pueblo con talento se ve degradado al estado de incapacidad para gobernarse de forma autónoma. Rusia como nadie está interesada en que se solucione la crisis interna ucraniana. El marco legal está listo, es el Conjunto de Medidas de Minsk elaborado por Rusia, Alemania, Ucrania y Francia con participación de Donetsk y Lugansk y aprobado por el Consejo de Seguridad de la ONU. Hay que cumplirlo a rajatabla. Sin embargo, por ahora los esfuerzos al respecto en el Grupo de Contacto y el formato de Normandía son saboteados abiertamente por Kiev, que ya habla a nivel oficial de un escenario militar. Estoy convencido de que en la UE se dan cuenta plenamente de lo peligroso que sería tal retroceso.

Desafortunadamente, prosiguen los intentos de obligar a los países vecinos comunes de Rusia y la UE, ya sea en el espacio de la Comunidad de Estados Independientes o en los Balcanes, de elegir entre Occidente y Oriente. El diario germano Die Welt publicó el otro día un artículo titulado "La UE o Putin: quién se quedará con los Balcanes Occidentales". Y éste no es ni mucho menos el único caso de manipulación de la opinión pública a través de la filosofía de "amigo-enemigo".

Renunciar a los mecanismos colectivos de cooperación Rusia-UE, tales como las cumbres, el consejo permanente de asociación, los diálogos sectoriales, y apostar por las herramientas de presión no ha hecho que nuestro continente sea más seguro. Al contrario, en Europa aumenta de forma visible el potencial de conflictos, y se multiplican los problemas y las crisis en su interior y en el perímetro.

Los acontecimientos en Oriente Próximo y el Norte de África han mostrado que la política de derrocar regímenes indeseables impuesta desde el otro lado del Atlántico y la implantación desde fuera de modelos de desarrollo no sólo siembra el caos en vastas regiones, sino que revierte, a modo de bumerán, en la importación a Europa de amenazas reales, entre las que destacan el auge del terrorismo internacional y las enormes olas de inmigración irregular y todo lo que esto conlleva.

Todo lo dicho anteriormente se ha de tomar en consideración para comprender la génesis del estado actual de las relaciones entre Rusia y la Unión Europea. El Gobierno de nuestro país ha dedicado esfuerzos e invertido importante capital político en el desarrollo de esas relaciones sobre una base de beneficio mutuo. Sin embargo, la tarea de construir una asociación verdaderamente estratégica y un sistema de relaciones seguro y estable que garantice la mejora de la competitividad conjunta de Rusia y la UE, aún sigue pendiente de realización, y no es por culpa nuestra.

A mi juicio, en las décadas pasadas la UE no ha sabido encontrar un término medio en las relaciones con nuestro país. En los años 90 del siglo pasado predominó la visión de Rusia como un "aprendiz" al que se debe adiestrar, metódicamente y pese a las objeciones, conforme a los estándares occidentales. En la actualidad es muy recurrente el mito irracional de la "omnipotente amenaza rusa" cuya pista tratan de buscar en todas partes –desde el Brexit hasta el referéndum catalán–. Los dos tópicos son profundamente equivocados y sólo denotan la falta de sentido común y de comprensión de nuestro país. Observamos que en la UE crece el número de los que sienten malestar debido a la situación anómala existente en nuestras relaciones. Los expertos de prestigio reconocen abiertamente que el precio que tiene que pagar la Unión Europea por fingir la unidad en el tema ruso es una "parálisis diplomática".

Rusia no ha cambiado sus enfoques sobre la cooperación con la UE. Nos gustaría ver a este bloque cohesionado y sustentado en los intereses fundamentales de sus países miembros, que deberían tener autonomía para decidir cómo desarrollar sus economías y relaciones económicas exteriores, y cómo, en particular, cubrir su demanda de fuentes de energía –desde una posición pragmática y comercial o bajo la influencia de consideraciones político-ideológicas–.

Partimos de que la Unión Europea es capaz de desempeñar un papel proactivo, responsable y –lo subrayo– independiente en los asuntos internacionales. Me ha llamado la atención la entrevista concedida por Wolfgang Ischinger al diario Bild en la que nuestro señor presidente habla de la necesidad de elevar el perfil de política exterior de la UE. En particular, consideramos oportuna su idea de que es necesaria la interacción de Rusia, la UE, EEUU y China para apoyar la creación de la arquitectura de seguridad en Oriente Próximo. Un enfoque similar sería perfectamente aplicable también en el caso del golfo Pérsico.

A Rusia le interesa tener como vecino a una Unión Europea fuerte y predecible, capaz de actuar como miembro responsable de la comunidad internacional en un mundo policéntrico que se está haciendo realidad a ojos vistas.

Es hora ya de dejar de intentar ir a contracorriente de la historia y ponerse a trabajar todos juntos para renovar el sistema de relaciones internacionales a partir de unos principios justos y desde el respeto al papel central de coordinación de la ONU consagrado en su Carta. Rusia está abierta a desarrollar con la UE una asociación igualitaria, mutuamente respetuosa y basada en el equilibrio de los intereses a fin de buscar respuestas eficaces a los desafíos de hoy. Son los principios sobre los que estamos dispuestos a construir nuestras relaciones con Estados Unidos y todos los demás países.

Es importante gestionar de forma correcta el potencial de cooperación de Rusia y la UE en aras de crear desde el Atlántico y hasta el Pacífico un espacio común de paz y seguridad igual e indivisible y con un desarrollo económico en beneficio de todos. En el plano estratégico, también quisiera llamar la atención sobre la iniciativa del Presidente de Rusia, Vladímir Putin, de promover un gran proyecto euroasiático que conjuegue esfuerzos de los miembros de estructuras de integración en el espacio de la Comunidad de Estados Independientes, la Organización de Cooperación de Shanghái y la ASEAN. No veo razones por las que la Unión Europea no pudiera sumarse a esta labor empezando, por ejemplo, por establecer contactos técnicos con la Unión Económica Euroasiática. Espero que ese momento esté a la vuelta de la esquina.

Pregunta (traducida de inglés): Quisiera saber cuál es su reacción a la información publicada ayer en Estados Unidos de que 1,25 millones de dólares de los contribuyentes rusos se gastaban mensualmente en los intentos de influir en las elecciones estadounidenses. ¿Cree que han sido rentables esas inversiones?

Respuesta: No tengo ninguna reacción porque se puede publicar cualquier cosa. Vemos cómo se multiplican las acusaciones, las afirmaciones, las declaraciones. Pero también he leído las declaraciones de Jeanette Manfra, secretaria asistente del Departamento de Seguridad Nacional de EEUU (Homeland security) que desmintió las informaciones de que algún país influyó supuestamente en los resultados de las elecciones. Lo mismo ha dicho, que yo sepa, recientemente aquí o en alguna capital vecina el Vicepresidente de Estados Unidos, Michael Pence. Por eso, mientras no veamos pruebas, lo demás será cháchara, perdónenme una expresión poco diplomática.

Pregunta (traducida de inglés): Usted sostiene que la UE pone a los países miembros de la Asociación Oriental ante el dilema de estar con Rusia o con la UE. ¿Está de acuerdo en que, si miramos los hechos, tenemos distintos niveles de relaciones con estos seis países? Azerbaiyán y Bielorrusia no quieren firmar con nosotros un acuerdo integral. Armenia bajo la presión rusa sacrifica la pertenencia a la Asociación Oriental en favor de la Unión Aduanera, y tenemos que aceptar un nivel más bajo de acuerdo. Los otros tres países también han renunciado al enfoque integral. ¿Está de acuerdo en que sólo atendemos sus deseos y no les imponemos nada? Al fin y al cabo, si alguien se niega a firmar un acuerdo con nosotros, no enviamos tanques a su país.

Respuesta: Más o menos así es como se inventa la "amenaza" rusa. Usted empezó su pregunta afirmando que yo dije supuestamente que la Asociación Oriental se utilizaba para "apartar" esos países de Rusia. Lo que yo dije es que cuando se formó la Asociación Oriental, nos aseguraron que no sería contra Rusia. Expresé la esperanza de que esas promesas se cumplan, ya que algunos de los países que Usted mencionó quisieran que la Asociación Oriental se utilice precisamente de esa forma. Eso es todo.

Pregunta (traducida de inglés): Usted mencionó mi artículo en el diario Bild sobre la cooperación de Rusia, Estados Unidos y otros países en Oriente Próximo. ¿Desde el punto de vista de Rusia, qué es lo que se necesita para organizar de manera más sistematizada una especie de arquitectura de seguridad en una región donde hay tantas crisis? ¿Qué va a hacer falta para ello?

Respuesta: Reconocer que todos los países de la región tienen allí intereses legítimos –Irak, Egipto, Argelia, Arabia Saudí, otros países del Golfo incluido Irán–, y no enfocar esos problemas únicamente desde la óptica de los juegos geopolíticos –Occidente contra Rusia, u Occidente contra Irán, o todos con Turquía, siempre y cuando tenga otra actitud–.

Por supuesto, no se debe abordar esos problemas desde otro enfoque, aún más peligroso (me refiero a las contradicciones internas del mundo islámico), e intentar resolver los problemas de la región agravando las desavenencias entre los suníes y chiíes. Lo considero peligro mortal.

El grupo de personas que Wolfgang menciona en su entrevista y que representan a EEUU, Rusia, la UE y China, es probablemente un conjunto de actores externos que, en una u otra medida, tienen influencia sobre todos los bandos. Unos mantienen contacto con un grupo de protagonistas, otros con alguien más de los participantes de este drama. Si sumamos también a la dirección de la Liga Árabe, todos juntos realmente representarían un mecanismo externo capaz de influir en la situación "sobre el terreno". Si se lograse llegar a ello, creo que se podrían elaborar propuestas basadas en gran medida en la experiencia de las Conferencias sobre la Seguridad y la Cooperación en Europa, en la experiencia del Proceso de Helsinki. No hay nada que inventar aquí, se trata de medidas de confianza, transparencia militar, invitaciones a las maniobras, reuniones informativas y muchas cosas más. Me parece que no sería muy difícil comenzar por ahí. Pero lo más importante ahora es convencer a las partes antagónicas de que los actores externos no apoyarán conflictos en la línea de fractura étnica o confesional. Estaremos listos para este tipo de contactos en cualquier momento.

Pregunta (traducida de inglés): En su intervención Usted mencionó las tendencias en Europa relacionadas con una especie de revisión del nazismo. ¿Podría aclarar a quién se refería, de quién hablaba?

Respuesta: Me refiero a que los cómplices de los criminales nazis que fueron condenados por el Tribunal de Nuremberg siguen recibiendo homenajes en una serie de países, incluyendo en la UE. Sabemos que en algunos países del norte de la Unión Europea se celebran marchas en homenaje a los neonazis. Sabemos que la simbología neonazi se utiliza activamente, en particular, en Ucrania, el emblema del batallón Azov coincide inequívocamente con la simbología de las SS. No se trata sólo de emblemas y símbolos, aunque las marchas de antorchas son en gran medida simbólicas, y creo que muchos en Europa recuerdan todavía lo que eso implica. Pero la propia forma de actuar –la aniquilación de todo lo que no es radical, las exigencias de la ucranización de todos los ámbitos de la vida, las demandas respecto a las minorías étnicas para prohibirles de hecho educar a los niños en su lengua, la prohibición de medios indeseables, los ataques contra templos de la Iglesia Ortodoxa Rusa y muchas cosas más–, son en general rasgos distintivos de los ultranacionalistas con un claro toque neonazi. No hay más que decir. Creo que todos los aquí presentes siguen el desarrollo de los acontecimientos en Europa y saben perfectamente de lo que estoy hablando.

Fuente:

Ministerio de Relaciones Exteriores de la Federación Rusa

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